Siempre se sintió diferente. No porque quisiera serlo, sino porque el mundo parecía empeñado en recordárselo. Desde pequeña, se daba cuenta de que su manera de pensar y sentir no coincidía con la de la mayoría. Su cerebro funcionaba a otra velocidad, con otras prioridades. Mientras las demás niñas jugaban a las muñecas, ella estaba absorta en un libro de mitología griega. Mientras sus compañeros hablaban de la última moda, ella se preguntaba por qué la música de los 70 tenía tanta alma.

El instituto fue una batalla constante. Su ropa, siempre distinta, con colores y combinaciones que elegía porque le hacían sentir bien, se convirtió en motivo de burla. Sus lágrimas, que caían cuando alguien la ridiculizaba, eran vistas como una debilidad. Y cuando intentaba explicar por qué le costaba tanto estar en lugares ruidosos o por qué necesitaba un descanso después de hablar con muchas personas, la llamaban exagerada.

Los pasillos se volvieron un laberinto de miradas incómodas, empujones, insultos y risas a su espalda. Había días en los que sentía que no podía más, que el mundo no estaba hecho para alguien como ella. Pero en sus peores momentos, siempre había un refugio: los libros. Las bibliotecas eran su santuario, los personajes de sus novelas, sus verdaderos amigos. En ellos encontraba gente que, como ella, se sentía fuera de lugar y creaban su propia aventura.

Cuando descubrió la música soul, los discos de vinilo, los museos.. sintió por primera vez que el caos dentro de su cabeza tenía una vía de escape. Empezó a perderse en exposiciones de arte contemporáneo, en museos llenos de cuadros que nadie entendía pero que a ella le hablaban. Le gustaba ir sola, pasear sin que nadie apresurara sus pensamientos, sentir el silencio entre las obras como un diálogo secreto entre ella y el mundo. Llegar a casa, pinchar su última adquisición a modo de 45rpm..

Nunca tuvo un grupo grande de amigos, era pocos, eran los necesarios, como diría Carles, los miembros del T.O.D.O. 

Como islas en medio del océano: auténticos, distintos, unidos por algo más fuerte que todo. Se reunían en bares underground, hablaban de música, de libros, de pelis de serie b que nadie más entendía. Viajaban a Londres, compraban en tiendas de segunda mano y conducían vespas de faro redondo. Con ellos no tenía que fingir, no tenía que ser otra persona.

Aprendió a transformar sus emociones en tinta y letras, su creatividad en recetas de cocina , su incomprensión en playlist de soul R&B. 

Cuando marchó de Zaragoza entendió que su diferencia era su esencia. Ser sensible, ser inquieta, amar la música rara, el arte extraño, los libros densos, todo eso la había salvado. Había aprendido a estar sola sin sentirse sola, a valorar la compañía sin depender de ella.

Un día, caminando por la ciudad condal entró a una exposición sin pensarlo demasiado. Allí, frente a una pintura llena de colores pop, sonrió. Se vio reflejada en ella: un caos, un universo propio, algo que pocos entendían, pero que tenía un valor inmenso. Bárbara Ann, Monthy Phyton, Etta James, Blow Up..

En ese momento supo que, después de todo, todo iba a salir bien.

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“Los diarios de Sara”, mi alter ego escritor que nació en un programa de radio.

No concibo una vida sin fuego para cocinar, libros que devorar y zapatillas para correr.

Mujer, polímata, soñadora, creativa y librepensadora.

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