Hoy me he levantado temprano, he salido a entrenar, choque de manos con los que salen a hacer monte y yo a asfaltear un rato. Entre km y km hay un momento en particular que se ha quedado grabado en mí: el último tramo de mi entrenamiento.

Empecé a entrenar con Ana hace muy poquito y para poder interiorizar los ritmos he utilizado bases de musica a 160bpm (5’/km), 170bpm (4’45”/km) y 180bpm (4’30”/km)

Ahora que ya tengo los ritmos más por la mano prefiero ir escuchando podcast o audiolibros, hacer dos cosas a la vez mientras disfruto de una mañana de lujo.

Ya casi de vuelta a casa, sintiendo el esfuerzo acumulado, se me pone al paso un compañero del club. Sin pensarlo demasiado, me pregunta qué ritmo llevo y me hace de liebre. Se pone a mi lado y me acompaña hasta el final. No dijo mucho, solo estuvo ahí, marcando el ritmo conmigo, asegurándose de que acabara con la intensidad que tenía marcada. Puede parecer algo insignificante; para mí fue un impulso enorme. No solo me ayudó físicamente, sino que me recordó el valor de esos pequeños gestos que siempre, valen más de lo que imaginamos.

Cuando sabes lo que es avanzar sin alguien que te dé ese empujón extra en los momentos clave, un gesto así significa mucho. Hay personas que confían plenamente en sí mismas, que no dudan de su propio valor. 

Las personas neurodivergentes sabemos bien lo que es sentirnos “fuera de lugar”. Desde pequeños nos enseñan, directa o indirectamente, que tenemos que esforzarnos el doble para encajar en las reglas del juego. Que si algo nos cuesta más que al resto, es porque “no estamos poniendo suficiente de nuestra parte”. Que si pedimos ayuda o necesitamos un ritmo diferente, el problema es nuestro. Y así, poco a poco, interiorizamos la idea de que cualquier obstáculo es nuestra culpa, que siempre hay algo que deberíamos hacer mejor, que lo que somos nunca es suficiente.

Por eso, cuando alguien simplemente está ahí, apoyándome sin pedir nada a cambio, sin juzgar si lo que necesito es “razonable” o no, sin hacerme sentir un estorbo, un bicho raro, esa presencia se vuelve un ancla. Porque muchas veces he tenido que demostrar que merezco estar en él, que no soy una carga. Y porque cuando alguien me acompaña en el camino, aunque sea solo por un kilómetro, me recuerda que no tengo que recorrerlos sola.

Hoy mi entrenamiento no solo ha sido bueno físicamente, lo de encontrarme a Yoli y su sonrisa perenne en las duchas del vestuario y el ya clásico almuerzo con los del pueblo también han sido la guinda. Todos estos pequeños grandes gestos que para algunos pueden pasar desapercibidos, para otros pueden significar un mundo.

Si alguna vez surge la oportunidad de ser ese compañero que da ese apoyo en el último kilómetro, hazlo. No sabes cuánto puedes estar ayudando a alguien con un simple acto de presencia, y no solo por marcarle el ritmo.

Sergio sigue a tope con toda la info, y me encanta cuando en sus mensajes incluye algún “y sobretodo Sara, si ves que se me pasa algo por contestar recuérdamelo”. También hemos aprovechado la tarde para matar a unas cuantas personas en el cine, pero eso es algo que no cambia el curso del día, recarga de carbohidratos le llaman.

Un sábado cualquiera en Can Alfinden

Deja un comentario

“Los diarios de Sara”, mi alter ego escritor que nació en un programa de radio.

No concibo una vida sin fuego para cocinar, libros que devorar y zapatillas para correr.

Mujer, polímata, soñadora, creativa y librepensadora.

Contacta conmigo