Los que corremos sabemos que hay dos tipos de pasos: los que retumban en la tierra cuando competimos y los que apenas rozan el suelo cuando caminamos por la vida.

Correr por la montaña es un arte. No se trata solo de velocidad, sino de saber dónde y cómo pisar. Elegimos bien la suela, buscamos una amortiguación adecuada, esa que nos proteja en la bajada y nos impulse en la subida. Pero lo que pocos dicen es que no solo los pies necesitan amortiguación; el cuerpo entero, la mente, el alma, también la necesitan.

Porque correr es una lucha contra el desnivel, contra el cansancio, contra el miedo a caernos. Pero también es una entrega. Es sentir cada piedra, cada raíz, cada respiración agitada como parte del camino. Y cuando competimos, pisamos fuerte. Dejamos huella, marcamos nuestro ritmo, sentimos la potencia de nuestro cuerpo empujándonos hacia adelante.

Cuando caminamos por la vida, aprendemos a pisar suave. A absorber los impactos de los días difíciles, a elegir con cuidado el terreno, a sostenernos con equilibrio cuando el suelo es inestable. Y ahí es donde la verdadera amortiguación importa: en la forma en que aprendemos a recibir los golpes, a reducir el impacto de las caídas, a encontrar esa fuerza que nos mantiene en pie.

Los corredores de montaña sabemos que la carrera cambia con cada kilómetro. No hay un solo ritmo posible, porque el terreno manda. Subimos con esfuerzo, bajamos con precaución, encontramos respiros en los tramos llanos. El cuerpo se adapta. La mente se acostumbra. La vida, al final, es igual. Nos exige flexibilidad, saber cuándo apretar y cuándo aflojar, cuándo sostenernos y cuándo soltarnos.

Los corredores de asfalto son distintos. Ellos no pueden bajar el ritmo. Desde el primer paso, marcan una cadencia constante. No hay respiros en la bajada, porque no hay bajadas. No hay excusas en la subida, porque todo es llano. Solo están ellos y el cronómetro, avanzando sin pausa, manteniendo el equilibrio entre la fatiga y la disciplina.

En el asfalto no hay margen para dudar. O corres o te quedas atrás. La amortiguación no está en la tierra blanda ni en la adaptabilidad del terreno. Está en la mecánica del cuerpo, en la eficiencia del movimiento, en la capacidad de absorber el impacto sin perder la velocidad. La cabeza manda, el cuerpo obedece, los pies repiten la misma sinfonía una y otra vez.

Y la vida, para algunos, es así. No hay desniveles que justifiquen un cambio de ritmo, no hay bajadas que permitan soltar las piernas. Solo el camino recto, la constancia, la voluntad de mantener el paso firme hasta el final.

Los corredores de montaña aprenden a leer el terreno. Los corredores de asfalto aprenden a leerse a sí mismos. Unos se adaptan, otros resisten. Pero todos, al final, corren.

Porque, sea en la tierra suelta de la montaña o en el negro impasible del asfalto, correr es lo mismo que vivir. Es saber cuándo pisar fuerte y cuándo pisar suave. Es encontrar la amortiguación perfecta, en la suela de nuestras zapatillas y en cada paso que damos.

Y es, sobre todo, seguir hasta el final.

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“Los diarios de Sara”, mi alter ego escritor que nació en un programa de radio.

No concibo una vida sin fuego para cocinar, libros que devorar y zapatillas para correr.

Mujer, polímata, soñadora, creativa y librepensadora.

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