
Imaginad esto: Un entrenamiento largo, 20kms a un ritmo relativamente fuerte. No conoces el terreno, no tienes referencias visuales claras, no estás segura de qué zapatillas serán las más adecuadas y, para colmo, vas acompañada de alguien más fuerte que tú, que parece moverse con una naturalidad que tú no sientes.
Mientras intento concentrarme esos 4’45”, una avalancha de estímulos se apodera de mi. El cierzo hoy zurra con más intensidad de la esperada, los sonidos del entorno (tractores, bicis…) son inesperados y agobiantes, y la sensación de perder el control me empieza a mermar más que el propio esfuerzo físico.
Para mi no es solo una cuestión de rendimiento deportivo. Es una experiencia sensorial compleja, donde la hipersensibilidad y la falta de control del entorno se convierten en un desafío tan grande o mas que la propia exigencia del entrenamiento.
Cuando una persona con altas capacidades se enfrenta a un espacio nuevo, la incertidumbre puede generar una respuesta sensorial y emocional amplificada. Mientras que para otra persona el hecho de no conocer el terreno puede ser un simple inconveniente logístico, para alguien con una percepción sensorial intensa, la falta de referencias puede convertirse en una fuente de ansiedad y distracción constante.
El ruido ambiental, los cambios de luz, la textura del terreno bajo los pies o incluso la forma en que el aire se siente en la piel pueden crear una sobrecarga sensorial que desvía la energía mental del objetivo principal: correr. Si mi mente está ocupada interpretando cada estímulo, queda mucho menos espacio para gestionar el esfuerzo físico de manera eficiente.
Correr junto a alguien que te hace de liebre en bici añadió otra capa de presión. No solo es el esfuerzo físico, sino la sensación de que el otro no experimenta el mismo nivel de incomodidad.
La mente empieza a hacer preguntas..: ¿Por qué él tan relajado mientras yo estoy lidiando con mil distracciones? Este tipo de pensamientos me llevan a la frustración, el autosabotaje y, en el peor de los casos, a un colapso emocional antes de uno físico, esa sensación de no poder ser como el resto, que da una hostia de realidad con la mano abierta… Da muchísimo coraje.
Afrontar este tipo de situaciones requiere preparación no solo física, sino también mental y sensorial. Algunas estrategias clave que utilizo son por ejemplo usar auriculares con música.
Esta vez me la jugué y no lo hice, pero revisar mapas, perfiles de altimetría o vídeos del recorrido puede ayudarme a anticipar sensaciones y generar una referencia interna más clara.
Cada persona experimenta el mundo de manera distinta; y el hecho de que otro corredor no perciba las mismas dificultades no invalida mi experiencia.
En lugar de enfocarme en todo lo que está fuera de control, encontrar pequeñas referencias puede ayudar a estabilizar la mente. Puede ser una cuenta rítmica en la respiración, concentrarme en la sensación del apoyo del pie o fijarme objetivos cortos dentro del recorrido.
Este tipo de entrenamientos no solo ponen a prueba la resistencia física, sino también la capacidad de gestionar un entorno incierto. La hipersensorialidad no tiene por qué ser una debilidad; al contrario, puede convertirse en una herramienta poderosa si se aprende a canalizar. Ser capaz de percibir más detalles también puede significar tener una conexión más profunda con el propio cuerpo y con el entorno.
No se trata solo de completar 20 kilómetros. Se trata de aprender a moverse dentro del caos, de encontrar equilibrio en medio del desorden y de descubrir hasta qué punto el desafío físico y mental pueden convivir sin anularse el uno al otro. Y siempre, en buena compañía, que los raticos de después no solo suman kms, suman minutos de vida.

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