
La semana pasada fallé en un entrenamiento. Me sentía preparada, con energía de sobra, convencida de que todo saldría bien… Y no fue así. A veces, aunque todo apunte en la dirección correcta, el resultado no acompaña, y esa sensación de mal sabor de boca, de no haber conseguido lo esperado, me llevó a tomar una decisión precipitada: hacer un entrenamiento extra el domingo como compensación y fuera de lo pautado por mi entrenadora. Error.
Ese esfuerzo adicional se ha traducido en más fatiga de la prevista, y aunque he conseguido sacar adelante los entrenamientos de la semana, la energía, la potencia y, sobre todo, esa sensación de trabajo bien hecho que normalmente me acompaña desde que entreno con Ana Revilla ha sido diferente.
Ser una persona sensible y analítica me aporta una gran capacidad de reflexión. Y este don de sobrepensar es lo que me hace principalmente valorar mi manera de ser. Porque, a diferencia de quienes pasan página sin más, a echar balones fuera, a culpar a otros o al karma, mi mente siempre me empuja a extraer aprendizajes de cada experiencia. Ser neurodivergente es un regalo que me brinda empatía, amabilidad y respeto a todos los niveles.
Esta experiencia me ha hecho reflexionar sobre un concepto que denomino “lesión por compensación”. Y no hablo solo de deporte. Esta tendencia a compensar aparece en muchos ámbitos de la vida:
• En la alimentación: Tras un atracón de comida, compensamos pasando un día entero sin comer.
• En las relaciones personales: Cuando faltamos al respeto a nuestra pareja en un mal momento, intentamos compensar invitándola a cenar o con un detalle material.
• En el trabajo o los estudios: Si procrastinamos, solemos castigarnos luego con largas jornadas maratonianas.
A veces, estas compensaciones parecen inocuas, incluso necesarias. Pero en muchas ocasiones son parches que ocultan el verdadero problema. Es un intento de equilibrar la balanza sin darnos cuenta de que estamos añadiendo peso en un plato ya sobrecargado.
La compensación, aunque a veces pueda ser útil, no debería convertirse en la primera respuesta. Puede llevarnos a acumular fatiga a todos los niveles. El cuerpo se resiente, la mente se agota, las relaciones se desgastan. Lo que podría haber sido una experiencia o relación maravillosa se echa a perder por un mal gesto, un exceso o una reacción impulsiva.
En el deporte, esto se traduce en lesiones físicas. En la vida personal, en resentimiento y desgaste emocional. Y al final, la sensación es la misma: un cansancio profundo que no se resuelve con un día de descanso o con un “lo siento”.
Un ejemplo, que seguro os puede incluso resonar a titulo personal; durante un breve espacio de tiempo, compartí mi vida con una persona que me hacía sentir realmente pequeña. Sus actitudes explosivas y a menudo hirientes, dejaban en mi una prenne sensación de debilidad y tristeza. Sin embargo, tras cada episodio asi llegaba un gesto amable, una sorpresa, una invitación especial. Y así, me encontré alargando mucho más de la cuenta una relación que me estaba haciendo daño.
La realidad es que la compensación no solucionó nada, solo aplazó una decisión que, con el tiempo, resultó inevitable.
Deberíamos priorizar aprender a cuidar. Cuidar de nuestro cuerpo, respetando sus tiempos de descanso. Cuidar de nuestras relaciones, pidiendo perdón de manera sincera. Cuidar de nosotros mismos, hablando con amabilidad a esa voz interna que, cuando fallamos, suele ser tan dura.
El cuidado también pasa por la nutrición. Nuestro cuerpo necesita el combustible adecuado para funcionar bien, no solo en el deporte, sino en el día a día. No se trata de compensar un exceso alimenticio con ayunos extremos, sino de encontrar el equilibrio. De darle al cuerpo lo que necesita, cuando lo necesita, sin castigos ni excesos. Al igual que un coche necesita el combustible correcto para rendir, nuestro cuerpo merece una nutrición consciente y respetuosa.
Mi entrenadora invierte su tiempo en convertirme en una mejor deportista, y mi cuerpo trabaja cada día para mantenerme en equilibrio. Son regalos a los que solo puedo responder con mimo, respeto y gratitud.
Aprender a gestionar los errores sin reaccionar de manera extrema es clave. Cuando un entrenamiento sale mal, la respuesta no debería ser castigarse con más trabajo físico, sino escuchar al cuerpo y permitirle recuperarse. Cuando herimos a alguien, la compensación no vale nada si no viene acompañada de un cambio real en nuestra actitud.
Como persona neurodivergente, sé que mi mente puede ser mi mejor aliada o mi mayor obstáculo. Mi sensibilidad y mi tendencia a sobrepensar me permiten reflexionar profundamente, aprender de cada experiencia y apreciar las lecciones que otros tal vez pasarían por alto. Este regalo de la neurodivergencia me otorga empatía, amabilidad y respeto, tanto hacia mí misma como hacia los demás, y me gusta ser así.
Lo importante no es evitar el fallo, sino aprender a convivir con él sin que nos arrastre a un ciclo de sobreesfuerzo y fatiga.
Porque cuidar bien de nosotros, de alguien, de algo!! De un cuerpo, una relación o un proyecto, es lo único que nos asegura que algo o alguien maravilloso nos acompañe toda la vida.

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