En el mundo del running, ya sea en las montañas indómitas o en el asfalto interminable, cada corredor conoce esa sensación de agotamiento, de lucha interna. Esos momentos en los que cada paso pesa, en los que la mente grita que pares, que abandones. Y es ahí donde se forja la verdadera diferencia: ¿te rindes o te resignas?

Rendirse no es fracasar, resignarse sí

Rendirse es un acto de valentía. No es una derrota, sino una pausa necesaria. Significa soltar, detenerse temporalmente, aceptar que hoy no es el día, pero sin perder de vista el horizonte. Es permitirte parar para respirar, para analizar, para recuperar fuerzas. Los corredores lo saben bien: en una ultra, en una maratón, incluso en un 10K, a veces parar es lo que te permite llegar más lejos en el futuro. Puede que hoy las piernas no respondan, que el desnivel de la montaña se imponga o que el ritmo en el asfalto sea inalcanzable. Pero rendirse hoy no implica renunciar para siempre.

Resignarse, en cambio, es renunciar a la posibilidad de intentarlo de nuevo. Es pensar “no puedo” y cerrar esa puerta para siempre. Es asumir que las cosas son así y que nunca cambiarán. Es perder el poder de decidir, de volver a soñar, de redibujar el camino. Cuando te resignas, entregas las llaves de tu voluntad.

La montaña y el asfalto: Maestros de la perseverancia

El running en la montaña y en el asfalto nos enseñan a no resignarnos porque, pese a las caídas, las lesiones o las carreras que no salen como esperábamos, seguimos intentándolo. Lo hacemos porque nos apasiona, porque en cada zancada encontramos libertad, en cada paisaje un nuevo reto, en cada kilómetro una historia. Hay algo mágico en volver a la misma montaña donde antes fracasaste, en enfrentarte de nuevo a esa carrera en la que una vez te rendiste. Es la certeza de que todo puede cambiar, de que esta vez puede ser distinto.

La montaña, con su naturaleza salvaje, nos muestra que las condiciones nunca son las mismas. Un día puede llover, al siguiente brillar el sol. El sendero puede estar cubierto de nieve o ser un barrizal. Pero el corredor de montaña aprende a adaptarse, a esperar, a regresar cuando las circunstancias sean mejores. El asfalto, aunque parezca predecible, también nos desafía. Un mal día puede ser sustituido por una carrera gloriosa la próxima vez. Nos enseña a no juzgar un objetivo por un solo intento.

Aplicando la filosofía del corredor a la vida

Esta lección que aprendemos corriendo también debería trasladarse a nuestro día a día. A veces, en nuestras relaciones personales, en el trabajo o en los proyectos, caemos en la trampa de la resignación. Ante una discusión, un fracaso o un obstáculo, preferimos romper, abandonar, dejarlo todo atrás pensando que nada va a cambiar. Sin embargo, igual que en una carrera, el tiempo y la distancia pueden hacer que todo cambie a mejor.

Quizás esa relación que hoy parece rota, con tiempo y perspectiva, puede sanar. Tal vez ese trabajo que sientes estancado, con un nuevo enfoque o un cambio de actitud, puede volver a motivarte. No se trata de aguantar lo inaguantable, sino de aprender a tomarse un respiro, de permitir que las cosas evolucionen, de tener la paciencia del corredor que sabe que cada zancada cuenta.

El poder de no resignarse

Rendirse siempre es una opción válida, una manera de escuchar al cuerpo y al alma. Pero resignarse nunca debería serlo. La vida, al igual que las carreras, es un camino lleno de altibajos. Lo importante no es no caer, sino levantarse. No importa cuántas veces tengamos que parar, sino cuántas veces estemos dispuestos a volver a intentarlo.

Así que, tanto en la montaña como en el asfalto, en las relaciones o en el trabajo, recuerda: rendirse siempre, resignarse jamás. Porque el verdadero triunfo no está en no detenerse nunca, sino en tener el valor de volver a empezar.

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“Los diarios de Sara”, mi alter ego escritor que nació en un programa de radio.

No concibo una vida sin fuego para cocinar, libros que devorar y zapatillas para correr.

Mujer, polímata, soñadora, creativa y librepensadora.

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