
A veces me pregunto si hay dos tipos de personas en el mundo: los que siempre están ocupados con mil cosas, los que parece que les molesta que les digas de ir a tomar algo porque siempre están liados con alguna historia y los que, pase lo que pase, siguen ahí, con su rutina de toda la vida y su paz mental intacta.
Me encanta la estabilidad. Me da un chute de energía brutal. Y no es una contradicción decir que, gracias a la estabilidad, puedo ser una persona creativa, detallista y estar siempre ideando cosas nuevas. Porque aquí está el secreto: cuando todo a mi alrededor está en calma, mi cabeza vuela.
Si hay que organizar un viaje, buscar un restaurante nuevo, pensar en una idea para un proyecto o planear la excursión del año, ahí estoy yo. Y esto es algo que en mi entorno se valora mucho. Pero lo que no todo el mundo entiende es que, para poder hacer todo eso, necesito mi dosis diaria de tranquilidad.
Por eso, me encanta la gente con la que nunca pasa nada.
Mi mejor amiga Eli es el mejor ejemplo. Eli es una tía maravillosa. Tiene su trabajo de siempre, su marido de siempre, su manera de pensar de siempre. Y todo le parece bien. Si yo decido apuntarme a una carrera el día que habíamos quedado, sin problema. Que cambio los planes de la tarde porque me ha dado un arrebato creativo y tengo que escribir una idea para un proyecto, ni se inmuta, me pregunta de qué va a ser y me pide que se lo enseñe cuando acabe, que seguro que queda guay. Se adapta, fluye, vive y deja vivir. No se complica la vida ni complica la de los demás.
Eli es de esas personas con las que puedes hablar de cualquier cosa sin que la conversación se convierta en un debate acalorado. No juzga, no critica, no impone. A su lado, todo es sencillo. No porque no tenga preocupaciones o no le pasen cosas, sino porque su manera de estar en el mundo es así: suave, serena y sin dramatismos innecesarios.
Y aquí alguien podría decir: “¿Pero no te aburre la gente así?”. ¡En absoluto!
Vivimos en un mundo que nos dice constantemente que hay que salir de la zona de confort. Que la gente “interesante” es la que tiene una vida llena de emociones, que cambia de trabajo, de pareja y de país cada dos años. Y oye, a quien le funcione, fantástico. Pero no todo el mundo necesita tanta emoción para sentir que está vivo.
A mí no me parece emocionante la incertidumbre, me parece agotadora. Me gusta saber que, si tengo algo que contar, no tengo que explicarlo ni justificarlo, porque simplemente nos entendemos. Me gusta la gente predecible en el buen sentido.
¿Por qué me encanta la gente así?
Porque son un refugio. Porque en un mundo donde todo el mundo grita sus opiniones como si fueran verdades absolutas, la gente con la que nunca pasa nada es un descanso para el alma.
Son esas personas con las que puedes estar en silencio sin sentirte incómodo. Con las que puedes reírte de tonterías y hablar de cosas serias en la misma conversación. Con las que no importa si llueve, truena, si estamos tristes o si estamos pasando un momento difícil, porque sabemos que todo sigue igual.
Y, paradójicamente, en ese “nunca pasa nada” es donde pasan las mejores cosas. Porque ahí es donde puedes ser tú mismo, sin ruido, sin presiones y sin necesidad de demostrar nada.
Disculpen los amantes de eso de salir de la zona de confort, que yo me quedo con los que nunca pasa nada.

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