
Dos días encerrada en una feria (y lo que me queda).
En una feria de supuestos innovadores de la salud, de vendedores de promesas envueltas en frascos brillantes. Curiosamente, aquí dentro, la salud parece ser lo último que importa. Nos encerramos una media de doce horas al día, de pie, sin ver la luz del sol, sin apenas tiempo para comer. Y cuando conseguimos hacerlo, nos encontramos con opciones de dudosa calidad: productos procesados, harinas blancas, verduras resecas de tantas horas esperando en la bandeja. Todo servido en plástico y a un precio absurdo, como si la ironía formara parte del menú.
Llevo ocho años trabajando en una empresa que sí me creo. Una empresa de radiofrecuencia que ha demostrado clínicamente su capacidad de regenerar tejidos, incluso en casos de amputación. No vende cremas milagrosas, no promete juventud eterna por churricientos mil euros. Es medicina real, respaldada por estudios y hospitales. Y sin embargo, aquí estoy, rodeada de un circo de eslóganes llamativos, de cremas que prometen quitarte cincuenta años en cuestión de semanas, de helados de colágeno repletos de colorantes y edulcorantes que, paradójicamente, se venden como la panacea del bienestar.
Es un espectáculo surrealista. A las nueve de la mañana, la gente ya está con su tercer café. En cada bolsillo de sus chaquetas, un teléfono móvil; en cada rostro, maquillaje impecable y gomina perfectamente aplicada. No digo que esté ni bien ni mal, simplemente me parece alucinante. Entre prisas y reuniones, las conversaciones giran siempre en torno a lo mismo: facturación, objetivos, bonus, estrategias para vender, vender, vender. Todo, por supuesto, bajo la cápsula de “lo más saludable del planeta”.
A veces me pregunto si la industria farmacéutica es realmente lo que dice ser. Está claro que genera empleo, que da de comer a miles de personas, pero ¿es realmente una industria que busca el bienestar o simplemente una maquinaria bien engrasada para seguir facturando? La respuesta no es sencilla.
Mientras camino por los pasillos de stands coloridos, veo a gente comprando productos que prometen la salud en frascos, cuando en realidad el mejor colágeno sigue estando en un buen caldo de huesos de ternera con verduras frescas, acompañado de una naranja de temporada llena de vitamina C. Un concepto tan simple que, por supuesto, aquí no interesa.
Por eso, aunque me gusta mi trabajo y creo en lo que hacemos, no puedo evitar sentirme ajena a todo este espectáculo. Solo quiero volver a mi pueblo. Allí donde la gente sonríe sin prisas, donde el móvil se usa menos y la conversación se disfruta más. Allí donde la salud no se vende, sino que simplemente se vive: descansando bien, comiendo productos frescos y de proximidad, dejando que el sol nos toque la piel.
Curiosamente, soy la única que se sale a comer fuera con la comida que se trae de casa. Para eso duermo en la furgo y no en un hotel donde los huevos nunca fueron huevos, el jamón jamás ha sido jamón y el tomate lleva cortado desde antes de ayer.
Y mientras aquí dentro todo sigue girando en torno a la facturación, a los trajes que solo se sacan para estos eventos o para las primeras comuniones de los sobrinos segundos, yo solo cuento los minutos para volver a la realidad.
A esa que no necesita etiquetas llamativas ni envoltorios de plástico.
A esa que, simplemente, es.

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