Las canciones no son lo único pegadizo. No es solamente entrar al Mercadona y que se te quede la cancioncilla esa ridícula y te tires una semana cantando eso de Mercadona, Mercadona, como si fueras una especie de zombie musical al que le han borrado el resto del repertorio cerebral. O que se te pegue la última canción cutre de reguetón, esa que ni siquiera te gusta, pero ahí estás tú, dándolo todo en la ducha como si fueras la estrella número uno del género.

Y luego están las canciones de tu adolescencia, que esas ya son otra liga. Suenan en alguna radio de estas un poco vintage —o en el hilo musical del dentista, que también tiene ese rollo nostálgico incomprensible— y, de repente, se te emociona el corazón y te salen unas pequeñas lagrimillas. Porque piensas en aquella época, en todas las cosas buenas que viviste, en los pantalones de campana, en los peinados imposibles, y hasta en las carpetas forradas con fotos de gente que no sabías que te marcaba tanto.

O esa canción que te recuerda a alguien. Esa sí que no perdona. Esa te da justo en la patata. Y ahí estás tú, montando el drama interno más intenso del día mientras finges normalidad delante de todo el mundo. Porque sí, las canciones son pequeñas bombas emocionales con ritmo. Pero no son las únicas.

Las palabras. Las frases. Los comentarios que nos hace la gente. Esas también se nos quedan en la cabeza y en el corazón como cualquier cancioncilla del Mercadona. Y no se despegan ni con aguarrás.

Y eso es lo me dio mucha energía en mi última carrera: la maratón. Porque es verdad que todo el mundo dice que una carrera, una maratón, es más mental que física. Y lo dicen mucho. Tanto, que parece una frase de esas que vienen en las tazas de Mr. Wonderful, pero que, cuando lo vives, descubres que es absolutamente cierta.

Físicamente, sí, tienes que estar preparado. Los entrenos son más matemáticos, más pautados, más rutinarios… tipo: hoy toca 14K a ritmo controlado, mañana cuestas, pasado descanso pero activa. Todo muy técnico. Pero la cabeza… ay, la cabeza. Esa va muchas veces a su bola. Esa se levanta un día y decide que no le apetece correr ni detrás del bus, y tú ahí con las zapatillas puestas y el gel en el bolsillo.

Para este tipo de carreras es importante —o al menos eso fue lo que yo descubrí después de correr la maratón de Zaragoza— tener la cabeza llena de frases tipo Mercadona, pero con efecto subidón.

Me vino la voz de Cuca, que un día me dijo:

“A mí me gustan más las carreras de asfalto que las de montaña, porque al final sé que no voy a competir. Hay mucha gente, no voy a quedar la primera, pero tampoco voy a quedar la última. Hay ambiente, hay gente animando… y a mí me gustan.”

Y en ese momento, en pleno kilómetro 29, me dije: Cuca, tienes razón. Esto no es el Tourmalet. Esto es Zaragoza. A disfrutar, narices.

También escuché la voz de Susana, que me decía:

“Sara, cuando te flaqueen las fuerzas, recuerda que el esfuerzo, cuando llegues, habrá merecido totalmente la pena.”

Y claro, ahí me vi yo con una lágrima que no sabía si era emoción, sudor, o que el gel que me tomé sabía a rayos y se me subió al alma.

También recordaba la voz de Floren, que me decía:

“Da igual en qué posición quedes. ¿Tú crees que la gente que esté ahí esperándote o la gente que esté animando le va a importar si quedas la primera, la octava o la veinteava? Te van a seguir queriendo igual y te van a seguir animando igual, porque están ahí, porque eres tú.”

Y ahí estaba yo, en modo filósofa runner, pensando: es verdad, si el que me quiere, me quiere con dorsal o sin dorsal. Aunque llegue con la cara desencajada, me quieren igual.

O la voz de Ana, que me decía:

“Confía, confía. Yo sé que puedes. Y si yo sé que puedes, tú puedes. Estás preparada sobradamente para esto.”

Y entonces pensé: si Ana lo dice, eso es palabra de runner senior. Tira, Sara, tira, que tú puedes.

Y Alfonso y su..

“Corazon y huevos Sara”

Y luego estaban todas esas voces de mis compañeros del club.

Los que han corrido maratones durante años y años, y te sueltan tips como si fueran Yoda con pantalón corto:

“No te coloques pegada a la liebre”, “vigila los avituallamientos”, “no bebas todo el isotónico como si fuera Aquarius en pleno agosto”…

Y todas esas experiencias que viví en la media maratón, que me ayudaron a entender cómo se corre en una ciudad, porque yo eso, sinceramente, no lo había hecho nunca.

Vamos, que al final ha sido un sinfín de voces las que se han metido en mi cabeza. Y habéis estado sonando durante horas y horas hasta que crucé el arco de meta acompañada de mi rubio favorito: mi sobrino Gabriel, que iba más fresco que una lechuga y con la sonrisa de quien se cree que correr 42K es como ir a comprar el pan.

Así que que sepáis que, al final, un cachito de vosotros ha corrido conmigo esta maratón.

Y que no os puedo estar más agradecida.

Porque gracias a vuestras vocecitas, que se han convertido en mi voz interna, cada vez que mi cabeza decía “para”, había 27 millones de voces gritando al unísono:

“¡Puedes con esto, Sara!”

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“Los diarios de Sara”, mi alter ego escritor que nació en un programa de radio.

No concibo una vida sin fuego para cocinar, libros que devorar y zapatillas para correr.

Mujer, polímata, soñadora, creativa y librepensadora.

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