Si tú dices que el frío se fabrica en la Estación de Delicias, venga, me lo creo.

O si tú dices que los niños vienen de París, venga, me lo creo también.

Lo que nunca, nunca, nunca pondré en duda, me lo digas o no, es que las sonrisas se fabrican en San Martín.

Para ser más exactos, en el pueblo de San Martín del Moncayo. A una horita de Zaragoza y cerca de cualquier ciudad, de cualquier persona que se quiera acercar.

Este encantador pueblo zaragozano, de nombre completo San Martín de la Virgen del Moncayo, aparece ya en documentos del siglo XII. Fundado como San Martín de Entreambasaguas, pasó por las manos de nobles y conventos, hasta convertirse en lo que es hoy: una joya a los pies de la montaña más mágica del Sistema Ibérico.

Vaya pueblo más bonito y más lleno de alegría.

Hace que visito San Martín poco más de cuatro años, y es de estos sitios de los que dices: no sé qué hacer hoy, me apetece pasármelo bien… me voy a San Martín.

En San Martín siempre pasa algo.

Tú vas a San Martín, y cuando no es un festival de música, es una salida micológica.

Cuando no hay una exposición. Cuando no son las fiestas del pueblo. Y cuando no se lía, porque sí. Pocas veces he terminado un entreno de maratón entre semana con charanga, cerveza y con honores.

Y sus almuerzos… no sé, yo creo que hasta el tardeo se inventó en San Martín.

Los vermuts se inventaron en San Martín. Es que todo lo que mola se inventó en San Martín!!

Existen incluso personas que sabes que solamente te vas a encontrar allí.

Está la Rosi, que de la manera más molona posible te explica cómo hace ella cuando se carga toda la mochila en la espalda, lo que hace para vaciarla y todas las cosas que se la repampimplan, hablando mal y pronto, cuando ya tienes una edad y tienes la vida más que hecha.

Tienes a Laura, que siempre te recibe con una sonrisa en su carnicería llena de productos delicatessen de los que es imposible no llevarse alguno a casa.

Tienes a Iván, que es capaz de sacar la guitarra y alegrar a medio pueblo en menos que canta un gallo.

Pero es que si hablo de guitarras, de bandurrias o de liarla parda, tenemos al señor presidente y a su esposa consorte, Miguel y María José, que es que da gustico verlos en San Martín, en Zaragoza, en Viella, en la Conchimbamba y donde se precie.

Tenemos el bar de Juanjo, que no es bar, pero sí que es bar.

O igual también es bar la Peña del Chichi y tú dirás, ¿un chichi con peña? Pues sí, un chichi con peña.

Cualquier excusa vale para juntarse y reírse a gusto.

Los sanmartineros, las barbacoas que se hacen cuando se organiza la carrera…

Porque también es verdad, que llevo un buen rato escribiendo, pero es que todavía no os he hablado de la pedazo de carrera que se organiza en San Martín.

San Martín Moncayo Trail: subir al cielo en zapatillas

El tercer fin de semana de septiembre, San Martín se transforma. Su gente, sus montañas y sus calles se visten de rosa, ilusión y sudor. Porque aquí se corre, sí, pero se corre con alegría, con familia, con espíritu de equipo y con sabor a cima.

Tenemos al señor Mariano Navascues de speaker, que lo peta.

Tenemos un equipazo de escobas, de voluntarios, de organizadores, una gente que diseña unos recorridos de la leche y un montón de personas que han puesto, gracias a esta carrera y al trabajo de un montón de personas implicadas, la chincheta en el mapa para saber dónde está San Martín del Moncayo.

¿Y qué decir del Moncayo?

El Moncayo, con sus 2.314 metros, no es solo una montaña. Es un coloso de roca, viento y leyenda. Subirlo, sea andando o corriendo, es una de esas cosas que no se olvidan nunca.

Los romanos lo llamaban “Mons Caius”, y los celtíberos ya le atribuían poderes.

Hoy sigue imponiendo respeto: nieve en primavera, niebla traicionera y vistas que te dejan sin aliento, tanto literal como emocionalmente.

Es que es imposible no sonreír cuando llegas a San Martín.

Es imposible no sonreír cuando piensas que al fin de semana te toca ir a San Martín.

Es imposible no vestirte de rosa y que te recuerde a que dentro de poco vas a volver a ver a los San Martineros.

Que sí, señores, que la fábrica de sonrisas de este planeta está en San Martín.

Y el que os diga lo contrario, mentira cochina.

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“Los diarios de Sara”, mi alter ego escritor que nació en un programa de radio.

No concibo una vida sin fuego para cocinar, libros que devorar y zapatillas para correr.

Mujer, polímata, soñadora, creativa y librepensadora.

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