
En Aragón tenemos la suerte de contar con alguien que convierte cada carrera —ya sea de montaña, de asfalto, o de obstáculos contra el propio cansancio— en una fiesta, en un espectáculo, en un lugar al que siempre quieres volver. Ese alguien se llama Mariano Navascues.
A Mariano lo conocemos muchos como presentador de la televisión autonómica, pero quienes corremos por estas tierras sabemos que su verdadero don aparece en la línea de salida… y sobre todo, en la línea de meta. Porque él, sin correr ni un kilómetro, es capaz de darte alas cuando ya no te quedan ni fuerzas ni dignidad. Cuando llegas hecho polvo, con barro hasta las cejas, algún que otro rasguño, y con más ganas de sentarte a llorar que de celebrar, ahí está él: con su sonrisa, su voz inconfundible y ese moreno que parece sacado de la Ibiza del Valle de Ordesa.
Mariano tiene un superpoder. No lanza hechizos con varita, pero sí con palabras. Tiene la magia de hacerte sonreír cuando todo te duele, de darte una palmada que no solo suena, sino que cura. Y lo hace con esa energía inagotable de quien se levanta a las tres de la mañana para estar animando desde la primera zancada, como si fuese el pregonero de unas fiestas de pueblo, y aún sigue ahí cuando los últimos corredores llegan, horas después, con lluvia, viento o 45 grados a la sombra.
Y yo me pregunto: ¿cuándo haces pis, Mariano? Porque, honestamente, lo tuyo es de estudio. No te sientas, no te callas, no te vas. Estás ahí para todos. Para los rápidos, para los lentos, para los que vuelan y para los que gatean.
Y no solo estás, estás de verdad. Porque cuando te cruzas contigo, no eres uno más del montón. Tienes esa rara habilidad de hacer sentir a cada corredor como protagonista. Como cuando me dijiste: “Sarita, tenemos que ir a tomarnos un vino”. Y no era por cumplir. Era de verdad. Y eso, en alguien con tan poquito tiempo, vale oro.
Tuve el honor de cruzar una meta contigo anunciando mi nombre como si fuera una estrella. Aquel “Sarita 360” resonando en la plaza del Pilar no se me olvida. Y a mi padre tampoco, que se creyó por un momento que su hija era famosa. Ese fue uno de esos instantes que se te quedan guardados en el corazón.
Corriendo o sin correr, sé que cuando me veas siempre me recibirás con la misma sonrisa, con el mismo cariño, con la misma magia.
Así que sí, Mariano: los corredores somos la leche, como tú dices. Pero tú, tú eres el que merece veinte premios y veinte patrocinadores. Porque, colega, menudo eres. El mago Mariano.
Y ojalá no dejes de hacer magia nunca.

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