
Yo, que soy mucho de escuchar podcasts cuando entreno, o cuando estoy viajando en mi furgo, o en esos momentos en los que la cabeza me da para escuchar de todo un poco… hoy he dado, en concreto, con un podcast de un neurólogo que me pareció súper interesante. Decía que el dolor es muy subjetivo, que de hecho el dolor como tal no existe. Que al final son procesos neurológicos que cada uno gestiona a su manera.
Y bueno, me hacía gracia. Me gustó la idea. Me pareció una pasada como concepto, porque me sirvió de trampolín para esta nueva entrada del blog, que por cierto, hace ya unos cuantos meses que lo tengo en vacío. Y como yo soy de hacer muchas comparativas —lo sabéis bien— venía pensando en que, sobre todo quienes practicamos deporte, usamos muchísimo eso de medir: el volumen de oxígeno en sangre, la frecuencia cardíaca máxima, la ingesta calórica, el porcentaje de carbohidratos… Medimos absolutamente todo para funcionar como máquinas perfectas. Porque queremos rendir al máximo. Siempre.
Y no sé hasta qué punto hacemos esos mismos ejercicios de análisis en otras áreas: a nivel laboral, a nivel personal, a nivel emocional. ¿Vosotras alguna vez os habéis planteado cuál es vuestra tolerancia máxima al sufrimiento emocional? ¿Cuáles son vuestros umbrales, vuestros niveles internos, esas líneas invisibles que nos avisan de que estamos llegando al límite?
Es curioso, porque cuando yo corro, yo sé que puedo llegar a hacer series a X minutos el kilómetro… Sé cuál es mi capacidad física, mi margen, mi ritmo.
Y, sin embargo, a nivel de carga emocional también tengo un “ritmo umbral”, y sé hasta cuándo puedo gestionar sin entrar en caos. Sé hasta cuándo puedo trabajar sin lesionarme emocionalmente.
Y haciendo un ejercicio de reflexión, este último año ha sido brutal. Me propuse por primera vez correr una maratón de asfalto. ¡Una maratón de asalto, yo! Y una carrera de trail en 3 etapas. Todo gestionado por una entrenadora, por un nutricionista, todo muy pautado, muy medido, muy profesional. Y a eso súmale mi trabajo como autónoma, atendiendo pacientes a diario, los viajes por trabajo, las formaciones que doy, hasta me ha dado tiempo de escribir y publicar un libro infantil que ha sido donado al hospital de oncología infantil donde trataron al “prota” de la historia ❤️
¡Ostras!
Con mi condición —que ya todos conocéis— de persona neurodivergente, con autismo y altas capacidades… ¡Ojo! Ni yo misma me imaginaba el burnout que me supuso este año. El agotamiento a todos los niveles. Me había quedado totalmente plana. Había dejado de ser yo.
Y no era un cansancio físico, no era falta de sueño, no era hambre, no era tristeza. Era un agotamiento general. Una cosa espectacular. Yo sé que hay cosas que son intrínsecas en mí: el saludar a la gente, el llamarla para ver qué tal está, el ir a comprar y dar las gracias o soltar algún comentario espontáneo. Me gusta hablar con la gente, me gusta interactuar, me gusta la vida cotidiana. Y me había convertido en una persona reservada. Pero no por nada. Es que estaba agotada.
Hasta una conversación agradable. Hasta quedar con mi mejor amiga. Todo me generaba una sensación de cansancio y agotamiento.
Y me di cuenta de algo muy fuerte: no me podía permitir ni las cosas que me hacen feliz, porque estaba agotada a todos los niveles.
Así que decidí parar.
Parar del todo. Parar de hacer todo. Y limitarme a descansar. A descansar la cabeza, a descansar el cuerpo, a descansar la mente. A descansar, simplemente. Porque yo sabía —y esto lo sabía de verdad— que mi esencia iba a volver en algún momento dado.
Y ahora, dos meses y medio, casi tres meses después, puedo decir que sí. Que ya estoy a un 75-80%. Y ¡ojo! ¡Cómo mola esta sensación!
¡Cómo mola haber hecho el ejercicio de decir: “paro”!
Y parar no implicaba dejar de entrenar, porque he seguido entrenando. Pero solo cuando me apetecía.
Parar no implicaba dejar de quedar con gente, porque no me gusta descuidar a las personas a las que aprecio.
Pero lo he hecho todo de manera controlada. Porque tenía agujetas. Quizá no musculares, sino neurológicas. Pero eran agujetas. Y necesitaban el mismo respeto.
Y no me podía permitir ni siquiera las cosas que en un momento dado me conseguían evadir del día a día, porque también agotaban. También sumaban. Y mi cuerpo, mi mente, mi sistema entero me pedía tregua.
En el trabajo me ha pasado algo parecido, pero es que tengo la suerte inmensa de que mis pacientes me lo ponen tan increíblemente fácil que, sinceramente, es un regalo poder abrir la puerta para ellos todos los días.
Y a nivel emocional… a nivel emocional he tenido la suerte de tener a mi alrededor estos últimos meses a personas muy especiales. Y una en particular, aún más. No porque hayan estado “cuidándome” de forma activa —no hace falta—, sino simplemente porque estar ya lo cambia todo. Porque tenerlas cerca me hace sentir feliz. Me relaja. Me dan una paz… un cariño… que es que, solo por eso, ya merece la pena escribir este texto.
Y ¿qué más le puedo pedir a la vida?
Cuando por un lado sabes que tú te estás cuidando —de verdad, con intención, con cariño— y por otro lado te estás rodeando de gente que también te cuida, que te mira bonito, que te respeta y que encima te hace sentir súper válida, súper valiosa, súper importante… Es que es otro nivel.
Esos abrazos que te gusta recibir de manera externa, pero que también sabes darte tú misma. Abrazos internos.
Esos momentos que no hace falta compartir más allá de un silencio o de un paseo.
Que simplemente son.
Y están.
Y ahora, con todo esto que te he contado, vuelvo.
Vuelvo a escribir.
Vuelvo a mí.
Vuelvo con agujetas, sí, pero también con energía.
Vuelvo con aprendizaje.
Vuelvo con cuidado.
Vuelvo con calma.
Vuelvo porque he parado.
Y he vuelto mejor.

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