Todos hemos poseído, de pequeños, ese objeto casi sagrado: un juguete, un peluche, una almohada, una mantita que nos acompañaba a todas partes. Aquello con lo que dormíamos hasta los siete, los ocho… quién sabe, quizá hasta los quince años. Y que, muy probablemente, muchos seguimos guardando todavía en casa, como si fuera un relicario. Un punto de anclaje. Un refugio. Algo que nos daba seguridad, que nos ofrecía estructura, que nos decía —sin palabras— que nada malo podía suceder. Porque, seamos honestos, a saber qué miedos habitaban nuestra cabeza a esas edades.

El mío era un osito que se llamaba Botones. Tenía dos botones por ojos y tres botones cosidos en la barriga. Para ser una niña, hay que reconocer que el alarde creativo con el nombre fue… arrollador.

Me gusta volver a los recuerdos de mi infancia y pensar que, incluso hoy, podría revivirlos con solo cerrar los ojos. Y, sin embargo, desde ayer sé que habrá muchos que solo podré volver a ver así: con los ojos cerrados. Porque en la realidad ya no existen.

Ayer se produjo un desprendimiento en un lugar esencial de mi historia. Y no hablo solo de rocas. Ese desprendimiento se llevó algo más profundo: una parte de lo que fui, de lo que me construyó, de lo que me sostenía sin que yo lo supiera.

Las hoces del río Mesa, en mi pueblo, Jaraba, sufrieron un derrumbe de más de 300 metros. La carretera quedó cortada. El río, completamente negado. Jaraba es un pueblo precioso, a poco más de una hora de Zaragoza, en la comarca de Calatayud, donde el agua no es paisaje: es identidad.

Hace muy poquito tiempo ya habíamos sufrido las devastadoras consecuencias del paso de la DANA —sí, también pasó por Aragón—. Cerró una embotelladora, dejó dos balnearios clausurados y nos obligó a recomponernos poco a poco, a base de esfuerzo colectivo. Incluso este año habían aprobado 700.000 euros en ayudas para seguir reforzando estructuras, para que el turismo no dejara de venir, para que el pueblo siguiera respirando.

Y entonces, ayer, otra vez, la naturaleza decidió arrasar. Y destruyó la parte más turística, más querida, más viva de mi pueblo. Pero lo verdaderamente devastador, al menos para mí, no es lo material. Es el trozo de corazón que se ha ido con ella.

Recuerdo pasar por ese barranco de la mano de mi abuela, recogiendo tomillo y manzanilla para luego preparar infusiones calientes en casa. Recuerdo los paseos en bici, con mi BH naranja y su cestillo, y el trozo de torta con Nocilla que me preparaba mi yaya. Recuerdo subir a las hoces solo para ver pasar a los buitres.

Recuerdo a mi tío, cada mañana, leyendo dentro del río. Recuerdo a mi tía Isabel paseando con sus amigas por la orilla. Y ahora sé que esas imágenes no van a volver. Mi tía ya no va a tener ese lugar donde pasear. Mi tío ya no tendrá ese rincón donde leer. Todo eso, literalmente, ha quedado sepultado bajo las rocas.

Son recuerdos que ahora están enterrados.

Sé que para muchos esto puede resultar difícil de comprender, sobre todo para quienes no han tenido pueblo o no sienten los lugares como yo los siento. Pero desde ayer es como si una parte de mi pasado hubiera sido borrada. No transformada. No cambiada. Borrada. Porque la naturaleza ha decidido que ya no pueda volver a recorrerlo, a tocarlo, a vivirlo.

Hoy tengo 43 años y me encanta subir a mi pueblo. Me encanta coger mi bici nueva y pasear por los mismos caminos de siempre, oler las hierbas que recogía con mi abuela y seguir parando a saludar a mi tía. Sí, ahora tenemos todos treinta años más. Pero ella seguía ahí. El río seguía ahí. Mi tío seguía ahí. Y yo también.

Ahora nada es exactamente igual.

Y no puedo dejar de pensar en mi abuela. En lo triste que se habría puesto al ver su pueblo herido, roto, desfigurado. Al ver desaparecer esos lugares que para ella no eran paisaje, sino rutina, memoria y hogar.

Me gustan las tradiciones. Me sostienen los recuerdos. Y ayer no pude evitar que las lágrimas se me escaparan.

Jo.

Qué pena.

Deja un comentario

“Los diarios de Sara”, mi alter ego escritor que nació en un programa de radio.

No concibo una vida sin fuego para cocinar, libros que devorar y zapatillas para correr.

Mujer, polímata, soñadora, creativa y librepensadora.

Contacta conmigo