Desde hace un tiempo, casi todas las semanas, pasan por mi consulta dos señoras octogenarias que, curiosamente, se llaman igual: Pili. Las Pilis.

Son señoras de aquí, del pueblo donde vivo. Han ido juntas a la guardería, al colegio, a labrar el campo. Han construido sus casas codo con codo y se han casado con dos señores que, casualidades de la vida, también eran amigos entre sí. Uno ya falleció; el otro anda un poco pocho.

Por lo que me han contado, fueron las reinas de las fiestas. No se perdían ni una. De las que cerraban la orquesta, de las que lo petaban en el bingo, de las de vermú “solo uno” que se torcía y acababa alargando la noche en casa de alguien, con barbacoa improvisada. Porque sí: tienen ochenta años, pero no nacieron con ochenta años.

Han sido niñas, adolescentes, madres, trabajadoras. Una llevaba el horno del pueblo; la otra tenía un taller de carpintería. Vida de las de verdad.

Hay algo que me fascina de ellas: cuando vienen, yo dejo de sentir que estoy trabajando. Son dos horas en las que me entran unas ganas enormes de vivir, de seguir cumpliendo años, de escuchar, de estar presente. Dos horas en las que pienso lo afortunada que soy de tener el trabajo que tengo. Porque, joder, es que son la leche.

Cada vez que vienen, aparecen las historias.

—¿Te acuerdas, Pili, de aquella liada en misa con el cura?

—Madre mía…

—¿Y el día del baile, que te pusiste a bailar con otro en vez de con tu marido? Menuda cara puso.

Risas. Carcajadas. Recuerdos que no pesan, que acompañan.

Llegan a la consulta cogidicas de la mano. A una le falla un poco la cadera, a la otra la rodilla. Y yo creo que más que por cariño —que también— se cogen para hacerse de muleta la una a la otra. Es apoyo literal y emocional. Son más tiernas que un pan de brioche. Me las comería.

Vienen con su permanente recién hecha, ese look que juraría que llevan desde los años setenta: rubio teñido, volumen exacto, identidad intacta. Aunque ahora dicen que han descubierto el Primark y que van a empezar a vestirse más modernas, porque “por cuatro perras que cuesta la ropa, oye, un capricho de vez en cuando no viene mal”. Han decidido pedirle al hijo de una que las baje en coche a Puerto Venecia: compras, una cervecica después… porque eso sí, una cerveza cae todos los días en el bar del pueblo. Y si piden dos tapas, a la segunda muchas veces las invitan. Porque son así de majas.

Y en medio de todo esto, a mí me hacen pensar. Me recuerdan que la vida no va de hacerlo todo perfecto, ni de optimizarlo todo, ni de llegar a ningún sitio concreto. Va de estar. De compartir. De reírse de lo que fue y de lo que es. De no cargar con más peso del necesario.

A mi centro vienen muchas otras personas. De su edad, más jóvenes, incluso mucho más jóvenes. Cada una con su historia, con su mochila, con su forma de vivir la vida —todas igual de válidas—, pero muchas veces con la sensación constante de no llegar, de ir tarde, de estar haciendo algo mal. Y no es una crítica. Al final, cada uno vive como puede y como quiere. Es solo una observación.

Ellas, en cambio, disfrutaban lo que había. Punto.

Nunca se plantearon el “pobre de mí porque no he viajado lejos”. Nunca se cuestionaron si lo estaban haciendo bien o mal. Vivían el día a día. Sin redes sociales. Con los cuatro amigos de siempre. Cuidándolos, protegiéndolos, disfrutándolos. Sin necesitar más.

Menos es más.

Y cuanto más años cumplen, más suben sus niveles de ternura, de humildad, de coraje. No se quejan. Aceptan. Siguen. Y eso, sin darse cuenta, lo enseñan.

De verdad: ojalá pudierais conocerlas.

Yo de mayor quiero ser una Pili.

Y, sinceramente, creo que todos deberíamos intentar Be a Pili un poquito más en la vida.

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“Los diarios de Sara”, mi alter ego escritor que nació en un programa de radio.

No concibo una vida sin fuego para cocinar, libros que devorar y zapatillas para correr.

Mujer, polímata, soñadora, creativa y librepensadora.

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