
Las matemáticas tienen reglas. Son lógicas, predecibles, universales. Si algo no cuadra, puedes revisar los pasos anteriores y encontrar el error. En cambio, el lenguaje emocional es difuso, ambiguo, lleno de excepciones. Para muchos neurotípicos, las emociones son un idioma natural. Para mí, es un sistema sin axiomas, sin teoremas claros. Un problema mal planteado.
Si me das una ecuación, te la resuelvo. Si me das un sistema de ecuaciones, lo desgloso paso a paso hasta encontrar la solución, pero si me preguntas qué siento, si me pides que te explique por qué estoy triste o por qué me cuesta enfadarme, entonces la cosa cambia. Ya no hay una fórmula exacta, un procedimiento claro.
En matemáticas, una ecuación siempre busca un equilibrio. Lo que hay en un lado del signo “=” debe corresponder con el otro. Si sumas en un lado, debes restar en el otro. Pero en las relaciones humanas, el equilibrio no es tan claro. A veces das mucho y recibes poco. A veces sientes demasiado y no sabes cómo expresarlo. A veces, simplemente, la ecuación no tiene solución real.
Si los números no encajan, puedes usar una función de ajuste, una aproximación que haga que todo parezca más ordenado. Pero en la vida real, resultaría engañoso. Copiar patrones sociales, calcular respuestas que parezcan correctas, aunque no salgan de forma natural… Buscar la función más parecida a la esperada, aunque los datos reales digan otra cosa.
En cálculo, sabemos lo que va a pasar cuando una función se acerca a un valor “x”. En la vida emocional, también: como por ejemplo cuando el estrés me sobrepasa. Pero en matemáticas, los límites se pueden calcular. En la vida, a veces los cruzas sin darte cuenta hasta que es demasiado tarde.
Quizás el problema es que llevo toda la vida intentando aplicar la lógica matemática a algo que no funciona así. Quizás las emociones no son ecuaciones a resolver, sino sistemas dinámicos en los que las variables cambian constantemente. Tal vez, en vez de buscar una solución exacta, tengo que aprender a trabajar con aproximaciones, a aceptar la incertidumbre.
Porque aunque dos y dos sean cuatro, siempre se pueden cambiar los números y pintarlos de colores.
Dedicado al niño de la eterna sonrisa y a sus papis guerreros ❤️

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