
Hay personas que aparecen en tu vida sin buscarlas… y, sin darte cuenta, terminan dejando una pequeña huella.
Yo llevo muchos años corriendo montaña. Muchos. Los suficientes como para haber conocido la euforia de una meta, el silencio de una pájara, el barro hasta las rodillas, la montaña que te abraza y también la que te pone en tu sitio.
Y quizá precisamente por eso hay algo que siempre me ha resultado curioso: nunca he sido especialmente de seguir corredores.
Nunca he sido de saber quién gana cada carrera.
Ni de estar pendiente de qué marca ficha a quién.
Ni de saber quién está más de moda en redes.
Ni siquiera de seguir demasiado la élite.
Y no sé si eso es bueno o malo.
Simplemente… yo corro.
Corro porque me hace sentir viva.
Porque me ordena la cabeza.
Porque me desmonta el ego.
Porque me recuerda quién soy cuando todo fuera hace ruido.
Así que, aunque suene extraño, siendo corredora desde hace años, no conocía a Juan María Jiménez.
O mejor dicho: no lo conocía… hasta hace muy poco.
Mi pareja, David, sí.
Para él, Juanma era uno de esos corredores a los que admiras desde la distancia. No por los resultados —que evidentemente los tiene— sino por algo más difícil de explicar. Por la forma de estar.
Hace unas semanas David iba a enfrentarse a una de esas carreras que no se hacen solo con piernas: la Camí de Cavalls. 185 kilómetros alrededor de Menorca. Una distancia que da para muchas cosas: ilusión, miedo, dudas, subidones, crisis… y mucha conversación interna.
La semana antes de la carrera, casi por impulso, decidí escribirle a Juanma.
No lo conocía de nada.
Le conté quién era David, lo que iba a correr, y simplemente le pregunté si le importaría mandarle un vídeo deseándole suerte.
No esperaba nada.
Y precisamente por eso me sorprendió tanto.
Respondió.
Y no respondió con una frase rápida ni con una cortesía vacía.
Respondió con cercanía.
Con naturalidad.
Con humanidad.
Grabó un vídeo para David deseándole suerte, transmitiéndole fuerza, disfrutando del momento casi como si conociera perfectamente lo que significan 185 kilómetros cuando todavía ni siquiera has dado la salida.
Puede parecer una tontería.
Pero no lo es.
Porque hoy en día, cuando alguien tiene cierta visibilidad, muchas veces cuesta encontrar autenticidad.
Y ahí, sin conocerme de nada, Juanma ya me dijo mucho de sí mismo.
Y claro… empecé a curiosear.
A mirar sus publicaciones.
A leer sus textos.
A investigar un poco más quién era realmente Juan María Jiménez.
Y cuanto más miraba, más me llamaba la atención una cosa:
No parece alguien que quiera encajar.
Parece alguien que tiene clarísimo quién es.
En un mundo —el del deporte, y especialmente el de las redes— donde muchas veces parece que todos dicen lo mismo, entrenan igual, posan igual, sufren igual y venden igual… Juanma transmite otra cosa.
Tiene identidad.
Pero identidad de verdad.
No de la que se fabrica.
De la que se trabaja.
Lees sus textos y te das cuenta de que no publica por publicar.
Hay pensamiento.
Hay experiencia.
Hay criterio.
Hay errores convertidos en aprendizaje.
Hay reflexión.
Hay verdad.
Y eso, sinceramente, hoy vale muchísimo.
Porque es fácil compartir resultados.
Es mucho más difícil compartir proceso.
Lo que más me impactó de él no fueron sus ultras.
Ni sus tiempos.
Ni los kilómetros.
Ni siquiera el nivel físico.
Lo que más me impactó fue su manera de mirar el deporte.
Su forma de hablar del sufrimiento sin romantizarlo.
Su manera de entender que el esfuerzo tiene sentido… pero solo si te transforma.
Su capacidad de compartir conocimiento sin parecer un gurú.
Su forma de admirar y mencionar a otros corredores y corredoras sin que todo termine girando siempre alrededor de sí mismo.
Eso dice mucho.
Muchísimo.
Porque hay deportistas que corren hacia fuera.
Hacia los focos.
Hacia los contratos.
Hacia los likes.
Hacia la validación.
Y luego hay otros que parecen correr justo al revés.
De fuera hacia dentro.
Y de dentro hacia fuera.
Y creo que Juanma pertenece a ese segundo grupo.
Y luego está otro detalle que, sinceramente, me hace muchísima gracia.
Porque sí, Juanma corre ultras.
Sí, transmite.
Sí, inspira.
Pero además… lleva color allá donde va.
Tiene su propia línea, su propia manera de vestir, su propio sello. Camisetas imposibles, estampados que nadie más elegiría, flores, ovejas, colores que parecen gritar “aquí estoy”.
Y me encanta.
Porque de alguna manera, incluso en eso, sigue siendo coherente con su filosofía.
No parecerse a nadie.
No esconderse.
No pedir permiso para ser uno mismo.
Y quizá por eso ayer, en Zegama-Aizkorri, me hizo especial ilusión cruzármelo.
Yo soy tremendamente tímida para estas cosas.
Muchísimo.
De hecho, pedir una foto a alguien no es algo que me salga natural.
Pero allí estaba.
Y algo dentro de mí me dijo: “Si no lo haces ahora, luego te arrepentirás.”
Así que fui.
Se la pedí.
Y, como ya intuía después de aquel vídeo, no puso ni una sola pega.
Cercano.
Natural.
Sin personaje.
Nos hicimos la foto.
Y mientras me iba pensé algo bastante simple:
A veces no descubres a un corredor.
Descubres una forma de estar en el mundo.
Y quizá, después de todo esto…
eso sea exactamente la filosofía de Jiménez.

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